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La vuelta

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  Es el primer día que me he animado a salir. Me siento como si me hubiesen roto por dentro. Este último año ha sido un regalo. Yo sabía que se iría, pero mi corazón, por lo visto, no se lo creía. Hace dos semanas de su marcha y pienso que me falta un pedazo de mí. Los últimos diez meses me he conformado con verle. Algún encuentro corto y alguna llamada, con todo, yo sabía que estaba cerca. El día que me comunicó su decisión fue extraño. Me alegraba muchísimo por él. Eso realmente era lo que le hacía feliz y era una opción de vida como cualquier otra. Por otro lado, sabía que esa decisión nos separaría sin remedio. Siempre estaría ahí, al otro lado del teléfono, aunque no es lo mismo. Su familia es todo para él, si bien, me encargó cuidarla; para mí no era ninguna carga, ya que me consideraba parte de ella. Hoy estoy con los amigos de siempre, con los que pasábamos buenos y malos ratos. Hemos compartido risas, muchas, y llantos, de estos menos. En este pueblo hoy son fiestas, hacen...

Un cambio de vida

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 Los gritos de alegría de una pareja abrazándose frente al estanco, llamaron su atención. Iba a seguir su camino cuando lo reconoció. Aquel hombre era su pareja. Ese con el que compartía vida desde hace un lustro. Se le veía muy contento, diría que hasta feliz. Prosiguió su camino con el semblante serio y una decisión, que si bien precipitada, en el fondo de ella sabía que tarde o temprano llegaría. Pablo no cabía en sí de gozo, por fin la suerte le sonreía. Llegó a casa con tanta ilusión que no se percató del semblante de Isabel. — Isabel, tengo una alegría que no cabe en el cuerpo. Me ha…— Se cayó de inmediato al fijarse en la cara de su chica. — Sí, ya veo que estás muy feliz— Le soltó en tono de reproche. — Te ha ido bien el día. Y ahora te va a ir mejor. — No creo que el día puedan mejorar, pero cariño, ¿Qué te pasa? ¿A qué viene esa actitud? Me ha tocado… —Ya, ya, ¡calla! Ya sé que te ha sobado, pero no es cuestión de que me lo restriegues por los morros. —Le cortó sin dejarl...

Te perdono y me perdono

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  Sentada mirando el firmamento me fijo en un punto luminoso y brillante, que tintinea llamando mi atención. El recuerdo de quien siendo muy pequeña me mostró cómo hablar con los que ya no están, me invade. Me concentro en esa pequeña estrella y susurro. Quiero perdonarte y perdonarme. Perdonarte todas las veces que te busqué y no estabas; las que queriéndote contar mis cosas acabamos hablando solo de las tuyas. Me gustaría olvidar que por mi bien siempre se hacían las cosas a tu manera y que experimentar no entrase en tu vocabulario. Todas esas veces que no me diste la libertad de equivocarme. También que cuando me equivocaba siempre recibía un reproche y una espalda vuelta. Pocas veces me tendiste la mano para levantarme o evitar que el golpe se amortiguara. Cuántas veces me mandaste callar para escuchar una noticia, que nada tenía que ver con nosotras. Mis cosas no eran tan importantes. Tu manera de educarme era a través de las normas que no hay que dejar de seguir. Qué difíci...

el 48 de la fila

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  Alguien que aún puede ver: El cubo de agua que transportaba con sus pequeñas manos, iba dejando huellas húmedas en el camino. La niña levanta la cabeza y allí, en la fila, le ve cabizbajo, delgado y sin afeitar. Recuerda cuando su porte era otro y la alzaba en brazos y la llevaba sobre sus hombros entre risas. Ese hombre le enseñó muchas cosas, una de ellas a contar, y en ello se entretiene ahora. Uno, dos, tres… cuarenta y dos, cuarenta y tres… Sigue avanzando despacio y se fija como la hilera de hombres se pierde en un almacén con puerta de hierro. No ha visto si su padre ha llegado a entrar. El cubo cada día parece pesar más. Es como si el agua en cada viaje se pusiera vestidos. Al principio es transparente, en el siguiente viaje está algo gris y en los últimos viajes lleva un agua vestida de marrón. Sus compañeros le miran con sus ojos grandes y sus caras flacas, pero no le dicen nada. Ellos saben que todos los días pasa lo mismo. Por eso el agua de los primeros viajes, la us...

Caída

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 Caminas por la vida con paso firme y pisando con fuerza.  De pronto, el suelo que un segundo antes te parecía tan seguro, desaparece. Ahí comienza tu caída.  Empiezas a caer, al principio dando vueltas sobre ti misma.  Según te vas dando cuenta de que tu suelo ha desaparecido caes a más velocidad.  De vez en cuando ves alguna cara que te resulta conocida, pero no identificas.  Quieres llegar al fondo y estrellarte. Que todo acabe, sin embargo nunca llega. Por momentos, escuchas voces amigas que intentan atraer tu atención. Eso hace que ralentice algo la caída.   Alguna voz más alta que otra te hace comprender que no todo tu suelo se ha desmoronado.  La parte del firme que ha desaparecido es tan importante que te cuesta ver lo que aún queda.  Poco a poco y con mucho esfuerzo fijas tu atención en el pavimento que te queda.  Te agarras a él para no estrellarte.  Ahora comienzas a reconocer a todas esas personas que en la caída no...

El regalo de mamá

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 No albergaba mayor ilusión que poder hacer un regalo especial a su madre. La niña, no tenía manera de comprar un regalo que realmente su madre apreciase. Para la madre cualquier cosa era una pérdida de dinero, las joyas no alimentan, los perfumes no calientan y las flores están mejor en el campo. A ella nunca le faltaba de nada, el día de su cumpleaños tenía todas las cosas que una niña de su edad podría desear. Una tarde en la que estaba jugando con su muñeca preferida, su progenitora la llamó y le pidió que fuese a pedir algo de sal a la vecina de abajo. Se lamentaba de que siempre se le acababa la sal cuando todo estaba cerrado. No sabía cómo lo hacía, pero se olvidaba de comprar el aderezo. Tras ir a casa de la señora Justina y llevarse un vaso con sal y un par de caramelos, la cría comenzó a pensar de nuevo en el regalo para su madre. Ese sábado venían los abuelos a comer y siempre le daban la paga. Esta vez no metería nada en la hucha. Con ese dinero iría a la tienda y por f...

La bicicleta

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 Aquella bicicleta no tenía ningún valor monetario, pero para Dosinda, el valor era incalculable. A su padre le costó la paga de cuatro domingos cortando la leña del alcalde, y al ver la cara de su hija, otros cuatro hubiese trabajado a gusto. El color rojo fue lo que más entusiasmó a la chiquilla. Aprendió a montar en bici a base de caídas, rozaduras en las rodillas y algún que otro coscorrón. Aquel vehículo acompañó a Dosinda en su infancia, también en el tiempo en que jugaba con muñecas a escondidas y tonteaba con algún mocete. Para entonces el vehículo de dos ruedas ya tenía la pintura desgastada. El que en aquella epoca era su noviete le propuso pintar la bici en el taller donde trabajaba de aprendiz. El entusiasmo fue celebrado con un beso espontáneo. Aquel gesto hizo que le subiera el rubor a las mejillas. Aquel joven, al entregarle la bici con el color totalmente restaurado, le mostró un pequeño extra del que solo ellos serían conocedores. La empuñadura del manillar se extr...