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El regalo de mamá

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 No albergaba mayor ilusión que poder hacer un regalo especial a su madre. La niña, no tenía manera de comprar un regalo que realmente su madre apreciase. Para la madre cualquier cosa era una pérdida de dinero, las joyas no alimentan, los perfumes no calientan y las flores están mejor en el campo. A ella nunca le faltaba de nada, el día de su cumpleaños tenía todas las cosas que una niña de su edad podría desear. Una tarde en la que estaba jugando con su muñeca preferida, su progenitora la llamó y le pidió que fuese a pedir algo de sal a la vecina de abajo. Se lamentaba de que siempre se le acababa la sal cuando todo estaba cerrado. No sabía cómo lo hacía, pero se olvidaba de comprar el aderezo. Tras ir a casa de la señora Justina y llevarse un vaso con sal y un par de caramelos, la cría comenzó a pensar de nuevo en el regalo para su madre. Ese sábado venían los abuelos a comer y siempre le daban la paga. Esta vez no metería nada en la hucha. Con ese dinero iría a la tienda y por f...

La bicicleta

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 Aquella bicicleta no tenía ningún valor monetario, pero para Dosinda, el valor era incalculable. A su padre le costó la paga de cuatro domingos cortando la leña del alcalde, y al ver la cara de su hija, otros cuatro hubiese trabajado a gusto. El color rojo fue lo que más entusiasmó a la chiquilla. Aprendió a montar en bici a base de caídas, rozaduras en las rodillas y algún que otro coscorrón. Aquel vehículo acompañó a Dosinda en su infancia, también en el tiempo en que jugaba con muñecas a escondidas y tonteaba con algún mocete. Para entonces el vehículo de dos ruedas ya tenía la pintura desgastada. El que en aquella epoca era su noviete le propuso pintar la bici en el taller donde trabajaba de aprendiz. El entusiasmo fue celebrado con un beso espontáneo. Aquel gesto hizo que le subiera el rubor a las mejillas. Aquel joven, al entregarle la bici con el color totalmente restaurado, le mostró un pequeño extra del que solo ellos serían conocedores. La empuñadura del manillar se extr...

En la España de 1947

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 El balde donde siempre lavaba la ropa tenía el agua sucia. Al alzarlo, poniéndolo con arte en la cadera, se escapó una pequeña cantidad de agua que iba formando pequeños charcos en el piso.  En el río limpió todos los restos de sangre de aquellas sábanas, no tenía otras con las que dormir sin sentir el rasposo tacto del colchón de lana. Al regresar con la colada limpia, un uniforme verde le esperaba en su cocina. Controlando el temblor de su interior, preguntó al cabo por su presencia allí.  — Ha desaparecido Ítalo. ¿Lo conoces verdad? —Le respondió poniéndose de pie.  — Sí, claro que lo conozco. Me ronda hace tiempo y no me canso de rechazarlo. Le he explicado mil veces que… — La mujer calló y bajó la mirada. — No me importan tus historias. Quiero saber dónde está. — Levantó la voz haciendo que Aurora diese un paso atrás. — Cabo, yo a ese señor hace que no le veo… — ¡No mientas, puta! Ítalo, aparte de ser un miembro del cuerpo, es amigo mío. Y me dijo que hoy querí...

la nutritiva cena

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 La casa de madera está cerca de un río sucio. El joven Andrés se presenta en la cocina donde su madre se desespera por hacer algo para llenar los estómagos de sus tres hermanos. La cara sonriente del niño contrasta con las piezas de caza que le muestra a su madre.  — Al menos hoy comeremos carne. — Piensa Andrés que no cabe de gozo.  La madre, con el labio superior elevado y los ojos achinados, coge las cuatro ratas que su hijo le ha traído. — ¡Vete a lavar las manos! — le ordena a sabiendas de que no le obedecerá. — ¿Te puedo ayudar? — Pregunta con un interés que roza el morbo. Quiero aprender.  María se encoge de hombros y pone el primer animal encima de una tabla con algún resto de un trabajo anterior. Toma el cuchillo grande, ese especial para partir la caza. Se agacha y pasa cada lado de la hoja por una piedra que tiene especial para afilar, justo debajo de la fregadera. Extiende el animal encima de la tabla y lo primero que hace es cortar el rabo. Es demasiado...

La pequeña lectora

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 La joven Zedarri ve un escaparate preñado de libros. Colores, dibujos y letras que llaman su atención. Abre la puerta y el viento la empuja al interior. La campanilla avisa al viejo librero de que un potencial cliente está cruzando el umbral. Su gran sonrisa se desvanece al percatarse de que la clienta es demasiado joven y viene sola. El hombre  rememora su primera visita a “la casa del librero”, una librería del barrio donde vivió de niño. Este recuerdo hace que su actitud cambie.  La niña se pasea por la tienda tocando los libros que le llaman la atención, abre alguno y se queda absorta mirando los dibujos.  De pronto la puerta se abre bruscamente y una mujer acalorada, vestida con vaqueros y una camiseta negra con el nombre de un grupo de rock estampado en la pechera, se abalanza hacia la cría levantando en exceso la voz. Zedarri intenta explicar que le gustaría un libro nuevo; sin embargo, la que parece ser su madre le aclara que ya le compró uno hace unos meses...

Desde abajo

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Los sonidos me llegan amortiguados, a pesar de estar lloviendo me atrevo a alzar mi mirada y allí, al borde del abismo, un hombre con abrigo gris está sentado con las piernas colgando. Se me corta la respiración. Mi corazón vuelve a latir al ver otra figura, un uniforme aparece detrás de él. Las voces llegan a pesar de la distancia.  No merece la pena vivir, me parece escuchar de los labios del abrigo gris. Yo le gritaría que la vida es maravillosa, pero ¿quién soy yo para ver la vivencia de otra persona con los ojos de mi cómodo vivir? En realidad a veces no es tan cómodo. El uniforme habla y yo escucho. _ ¿Qué te pasa?_ Me parece entenderle.  Bueno, seguro que nada bueno, ¡menuda pregunta para alguien con intención de volar desde las alturas! Ya me gustaría saber a mí que le ha llevado a sentarse en esa repisa. Yo seguiré mi rutina como si nada y estos dos acabarán su día de una manera que ninguno olvidará, especialmente si los dos siguen respirando cuando la noche nos regal...

La paciente

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 Más sola no puede estar, el miedo es su única compañía. En realidad ahora nunca está realmente sola, siempre hay alguna persona a su lado. No le hablan, ni siquiera la miran, pero sí se fijan muy bien cuando alguien intenta comunicarse con ella. La barrera idiomática es como un abismo, y esas personas lo saben usar a su favor. Jamás podrá pedir ayuda, ellas traducen todo lo que ella necesita. El personal sanitario ya ha dejado de intentar comunicarse con ella, ya que siempre se interpone el acompañante de turno. Su estancia en el hospital es un privilegio que se ha ganado, o quizá sea que su cuerpo les renta lo suficiente como para correr el riesgo de su paso por un centro sanitario. La desafortunada "caída" le ha dejado unos cuantos huesos rotos y un sabor amargo. La confianza en que aquel cliente era como los demás le costó cara. Las manos suaves no le prepararon para los golpes que vinieron después. Sus suaves labios no le dejaron desconfiar del monstruo con el que yacía....