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Mi valiosa esposa

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 Que ganas tengo de llegar a casa. Estoy agotado. Subo la escalera pensando en mi recién estrenada esposa, las ganas que tengo de tenerla de nuevo entre mis brazos. Cada día me sorprende con algo, ya veremos que me tiene preparado hoy. Al abrir la puerta se me posa un frío estremecedor en mi espalda. No oigo la voz cantarina de Edita. Antes de llegar a la habitación que compartimos, me detengo en seco, al ver a mi mujer sentada en el suelo del aseo. Está acurrucada, llorando, apoyada en la lavadora que ocupa casi todo el espacio del baño. Acercándome con el corazón encogido, le pregunto qué es lo que le pasa. Levanta su cara despacio y me percato de que su llanto es genuino. Las manchas del rímel corrido por toda la cara y sus ojos rojos me dicen que lleva mucho tiempo llorando sin consuelo. Me siento a su lado en el suelo y la abrazo.  _ Cuéntame, ¿qué sucede? Le susurro al oído. _ En el garaje… no se cerraba la puerta.  Me intenta explicar entre hipidos. _ Y unos chicos...

Fuego celestial

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 Acaba de pasar la festividad de Santa Teresa, y es época de quema de rastrojos. Argimiro lo sabe bien. Cada año sube a las tierras que tiene arriba, muy cerca del monte. Tan cerca del monte que a veces le ha robado algún metro de tierra a este, para sembrar un poquito más y así poder cosechar algo que no sea para vender. Eso “robado" es para dar de comer a sus hijas. Este año sube solo, su vecino y amigo Atilano, está ocupado terminando de arreglar sus propias tierras. Lo ve agachado con la azada en las manos, lo saluda de lejos y sigue su camino.  Comienza a dar fuego por la parte central y así va controlando la expansión del fuego. El campo está seco, este año la sequía se ha alargado más de la cuenta. Argimiro nota como una ligera brisa desvía el fuego hacia la tierra colindante donde Saturnino tiene unas viñas que le han hecho famoso entre algunas bodegas de la comarca. Con unas ramas secas va apagando el progreso del fuego, sin percatarse de la fuerza que va cogiendo a m...

Barriada Baja

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 Querida amiga: ¡Hace tanto que no nos vemos! Hoy me acordé mucho de ti. He ido con mis hijos a la Barriada Baja. ¿Te acuerdas? Nuestra vida allí fue dura, pero a la vez intensa.  Hice que mis hijos me acercasen, donde hace no pocos años, estaba el bar que regentaba Atilano. Allí queda algo de lo que fue aquello. Aún se distinguía aquella puerta de la parte de atrás del local. Hoy en día le faltan las escaleras, pero sigue con aquella pintura entre verde y marrón que tanto nos disgustaba. Por un momento cerré los ojos, y me parecía escuchar a Atilano gritando aquello “Chicas, esta noche hay que darlo todo … Todo menos un beso en los morros, eso ni se os ocurra. Algo hay que guardar para el amor.” Ya lo creo que lo guardamos. Yo no di un beso en la boca hasta que conocí a mi Alcidio. Y aún y todo le costó conseguirlo.  ¿Te acuerdas cuando salíamos a aquella puerta a respirar aire puro, pero fumando un cigarrillo? Muertas de frío, vestidas con aquella falda que nos llegaba ...

Foto de familia

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 Otra vez que no me libro de la dichosa foto anual. Ya sé, solo es una foto de familia. Tal vez algún día eche de menos este momento, pero es que me siento tan ridícula. Nos vamos colocando en fila. _No, así no. Oigo gritar a mi hermana.  Mirando alrededor, no sé dónde meterme. Al menos, podría hablar más bajo, todo el mundo que pasa se queda mirando. ¡Menuda estampa! Los más altos detrás, bueno tú mejor agachado _ escucho las indicaciones de la primogénita. Por favor, que esto acabe pronto, el encuadre, el dichoso encuadre ¿Qué hay que encuadrar? Se está formando un pequeño grupo de espectadores. No me extraña. Aunque, por otra parte, cualquiera diría que no han visto nunca a una familia tomarse una foto todos juntos.   ¡Ay Dios! No me lo puedo creer, acabo de distinguir a Honorino, entre el selecto público. Me muero, de esta no salgo. Con lo colorada que me pongo con solo sentir su mirada.  _ Bueno quitar esas caras largas, que luego os quejáis de cómo salís. ...

Detrás de un sin techo

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 La noche está siendo bastante tranquila, apenas llegan pacientes al servicio.  Estamos Nieves y yo tomando un café, cuando una compañera entra renegando. _ Ya está otra vez aquí. _ Esto lo dice resoplando. Las dos nos miramos y le preguntamos quién es el que había llegado. _ Pues quién va a ser, el que ha venido ya esta semana 3 veces. Esta vez viene totalmente sucio. _ María no sé de quién hablas. _ Sí, mujer, has tenido que coincidir más de una vez con él. Es un hombre que tiene problemas con la bebida y lo suelen traer medio inconsciente y todo sucio. Esta semana ya es la tercera vez. _ Bueno, tomate un café, que salgo a atender a ese paciente. _ Sí, atiende a Egidio.  _ ¿Cómo has dicho que se llama el paciente? _ Egidio, no se me olvida el dichoso nombre. El trabajo que nos da cada vez que viene. Me quedo con la mano en la manilla de la puerta, pensando en cuanto tiempo sin oír ese nombre. ¿Será posible? No, no es posible, me digo mientras sacudo la cabeza como si as...

Cuadrúpedo

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 Vamos camino del pueblo. Los cuatro en un coche sin aire acondicionado, pero con una radio de donde sale música (de la buena, como dice mi padre) A mí me gusta ir mirando el paisaje, y soñando historias. En esta carretera poco transitada, con un paisaje algo árido, veo a lo lejos una mancha negra. Según nos vamos acercando voy distinguiendo el famoso “Toro de Osborne”. Cierro los ojos y rememoro el episodio de mi vida que tantas veces me ha contado mi madre.  Siendo mi abuelo, como era, mayoral de una finca donde se criaban toros de lidia; solíamos pasar mucho tiempo en aquel campo. Dicho sea de paso, estas tierras son áridas y en ellas la vegetación que crece son matorrales y alguna que otra encina. Estos árboles, aparte de proveer de bellotas a los morlacos y dar una buena sombra a sus cuidadores, son un gran refugio cuando uno de estos animales se enfada. Más de una vez mi abuelo ha tenido que trepar a dicho árbol para evitar ser corneado. A lo que voy, que me distraigo. S...

La ciudad no es para mi

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 Vivo desde niño en la ladera de una famosa montaña alavesa. No me gusta el barullo de la ciudad, por eso evito ir a la urbe. Hoy me ha llegado una carta donde me cita un prestigioso gabinete de abogados. La leo y la leo y no entiendo nada de lo que esos abogados quieren de mí. A unos centenares de metros de mí vive Glodoaldo que tiene estudios y seguro que me explica qué quieren estos picapleitos. Me pongo los pantalones limpios, aunque no me quito ni los calcetines ni los gayumbos, eso no se ve. La camisa también me la puse limpia, aunque no la de los domingos. Cuando Glodoaldo lee la carta me dice que es muy importante qué me persone en las oficinas de esos abogados lo antes posible. Tiene algo que ver con un testigo de asesinato.  Yo no sé qué pensar, el único asesinato del que he sido testigo es el de Valentín, el cerdo que crié este año. Un poco de pena sí me dio, cuando Valentín cayó muerto a manos de Juancho, el matarife de la zona. En fin, le agradezco a Glodoaldo la ...