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El juguete más preciado

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 Kioni es la mujer keniata que cuida a mi madre. Es dulce y paciente con ella. Reconozco que no es fácil tratar la mujer que me dio la vida. Un día estábamos tomando un café en la cocina, hablando de naderías, cuando me preguntó cuál era el juguete que más ilusión me había hecho en mi vida.  En ese momento me retrotraje a aquel séptimo cumpleaños, donde recibí a Emilia. Yo quería una muñeca diferente a todas las demás. Quería que fuese especial y que quien la mirase supiese que era mía. Y ya lo creo que así fue. Emilia, mi muñeca, era negra.  Era del tamaño justo, ni grande ni pequeña; tenía los ojos verdes y el pelo rizado. Yo la vestía con los vestiditos que mi abuela le hacía, y con los que mis torpes manos confeccionaba con los retales que a mi madre le sobraban de su trabajo. Mi tía Ana me regaló un pequeño capacho, que en principio era para jugar a las compras, pero que sirvió de transportín a mi Emilia. La llevaba a todos los lados conmigo. Recuerdo que le hice un ...

Penitencia

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 Estoy en esta cárcel rodeado de abundancia y de atenciones, pero no deja de ser una cárcel. Hoy seré libre, quiero liberarme de la prisión que solo mis actos se ganaron. ¿Cuál fue mi primer error de la serie que cometí en mi vida? Lo recuerdo perfectamente, fue un miércoles cuando a ella se le cayó el libro de matemáticas y yo me agaché a recogerlo, al devolvérselo nuestros ojos se cruzaron y con una gran sonrisa dijo su primer "chispas". Ese fue el catalizador del resto de mi vida. Estuvimos juntos hasta el fatídico día que la mala suerte se me metió en el cuerpo y no supe desprenderme de ella. Aquel día su hermano, como siempre, se metía con nosotros, le gustaba mucho chincharnos, pero ese día yo no estaba de humor. Mi chica se había enfadado conmigo, ya no recuerdo porque tontería, el caso es que no estaba para bromas. Él se puso delante de mí, diciendo que dejase en paz a su hermana, y mi acto reflejo e inocente, pero fatídico fue darle un empujón con el que acabó en el ...

El encuentro

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 Habían quedado en la esquina de Preciados. Cada uno tenía algo que contar al otro. Eran jóvenes y con una vida por delante, pero cada uno de ellos la veía diferente. Estaban enamorados y habían quedado para hablar y tomar alguna decisión al respecto. Iban sumidos en sus pensamientos y con el corazón encogido, por lo que el otro iba a sentir al comunicarle su decisión.  Ella, la más alta de los dos, guapa y esbelta, en ese momento caminaba sin prisa y con la cabeza baja. Sabía que su decisión rompería el corazón a su amado. Pero ¿qué podía hacer? La llamada era tan fuerte, que aunque quisiera no la podía desoír. Su corazón estaba dividido, amaba a Carlos. Le había dado muchas vueltas a la cabeza y al corazón. Antes de tomar la firme decisión, pasaba las noches pensando y poniendo ante Dios su situación. Que parte del corazón pesaba más. Cuando por fin tomó la determinación que dirigiría su vida, no podía dormir por no saber cómo decírselo a Carlos. No quería hacerle daño....

La Soriana

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 Irene es una niña de ocho veranos, que vive en un pueblo del norte de España, cuyo nombre no viene a cuento. Es una niña muy extrovertida y con muchos amigos. Pero lo que ella llama su "muy mejor amiga" es Belén una cría de siete años que vive con su abuela y su hermano de cinco años. Suelen bajar a jugar a la calle después de coger el bocadillo en casa, cuando vuelven del colegio. El hermano a veces les acompaña, aunque a veces protestan, dicen que es pequeño y no sabe jugar. Las dos amigas juegan ajenas a habladurías y chismes que corren por el pueblo. Un día Orencia viendo la hora que era, llamo a los tres niños y les puso una tortilla francesa para cenar a cada uno. Al principio Irene no quería porque le daba algo de vergüenza, pero al final sucumbió a su cena favorita. Cuando más tarde llegó a su casa, su madre le riñó mucho. La madre de Irene ya sabía de los chismes que se decían sobre la familia de Belén. También sabía lo justa que iba La soriana de dinero. La niña tu...

Salir a pasear

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 Por fin es sábado, y el sol, parece que me quiere alegrar el fin de semana. Hoy me gustaría salir con Ro a pasear. Estaría genial poder ir a una campas que tenemos cerquita, donde pueda correr como una loca, sin preocuparme de nada. Volver a respirar aire fresco y revolcarme en la hierba. Aquí estás, digo al ver a Ro. ¿Qué tal has dormido? Venga come algo y nos ponemos en marcha. Eh, ¿cómo? No, ni hablar de estar tirado ahí. Hay que salir a pasear. Le digo tirando suavemente de su pierna. Él me mira con cara de fastidio, pero hace como si no me viese. Yo, que soy bastante más cabezota que él, le persigo por toda la casa. Le conozco lo suficiente para saber que así acabará cediendo. Últimamente está algo perezoso y no quiere salir. ¿Se estará haciendo viejo? Pero yo no estoy dispuesto a quedarme en casa. Me planto en la puerta y poniendo la mano en la manilla le digo que si no quiere venir me iré yo solo. Ro al oír abrirse la puerta viene corriendo y mirándome con una gran sonrisa,...

La ventana

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 Vivo en un cuarto piso, no es ni grande ni pequeño. Mi hija Nieves de dos años, es un terremoto con pañales. Corre por toda la casa, se sube a todo lo que está por encima de su barbilla. Ella es una niña espabilada, inquieta y muy lista. Estos días está algo más movida que de costumbre. Van a venir sus abuelos a visitarnos y cada noche al irse a dormir me hace la misma pregunta ¿mañana llegan los yayos? Y yo con mi sonrisa y paciencia infinita le digo que aún no. Ella con la frente arrugada y seria, levanta su manita con los dedos extendidos y me dice ¿faltan estos días? Y dándole un beso en la frente le respondo que no, que el día del dedo gordito ya pasó.  Ayer por fin se le gastaron los dedos y hoy es el gran día. Mis padres llegarán sobre las doce del mediodía. Nieves está entretenida con una muñeca, mientras yo ventilo la casa, abriendo todas las ventanas y voy a la terraza a tender la ropa que acabo de sacar de la lavadora.  Mientras tiendo la última de las camiset...

Paredes de papel

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 En mi casa las paredes parecen de papel, como decía mi madre. Todo se oye desde la cisterna del váter del vecino de arriba, hasta las canciones que canta mi vecina cuando hace las labores de casa.  Pero hoy se me ha puesto la carne de gallina, he oído sin querer unos gritos, y parecen de una mujer. No sé qué hacer. Comenzaron a las dos de la mañana, en principio parecían jadeos y sonidos rítmicos. Yo con mi mente algo verdusca, pensé que mi vecina estaba dándole una alegría al cuerpo. La duda llegó cuando de pronto todo quedó en silencio y se escuchaban voces de hombre. Pero no una, sino varias. Ese fue el momento en el que empecé a prestar atención a lo que sucedía al otro lado de la pared.  Unas voces masculinas hablando atropelladamente, quitándose la palabra uno al otro. No entendía lo que decían, pero hablaban en tono agresivo. La mujer, ósea mi vecina, se nota que está llorando. Uno de los hombres alza aún más la voz y consigo distinguir un "No" seco y enérgico....