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Batalla

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 Emilio lleva ya muchos meses pateando un país dividido, cargando con un fusil que cada día le pesa más. Está cansado y cada día más triste. Ha visto atrocidades que un hombre no debería ver nunca. Ya es de noche y la tropa está nerviosa, esta mañana ha habido bajas. Uno de los jóvenes que murieron era un amigo de Emilio; un joven con grandes planes de futuro y que siempre era el alma de la fiesta. Están acurrucados en una arboleda, que no tiene mucho resguardo. Unos pequeños arbustos les separan de la vía del tren. Todo está demasiado tranquilo, y la intensa oscuridad no ayuda a que la tropa se tranquilice. De pronto Emilio oye unos pasos y pone en alerta a sus compañeros. Todos afinan el oído y notan los ruidos cada vez más cercanos. Parece que son muchos, y se oye algunas respiraciones. Incluso algún ruido indeterminado que les pone la piel de gallina. Emilio que es el que en ese momento está al mando, les indica que mantengan la calma. Pero esa presencia ya es casi palpable. Oy...

El autobús perdido y la llamada

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 Al salir de clase Aarón se lleva la desagradable sorpresa de que el autobús escolar en el que a diario vuelve a casa, ya no está. No creía que se hubiese entretenido tanto. ¿Y nadie se ha dado cuenta de que faltaba él? En ese momento piensa en su madre, menudo disgusto que va a llevar. ¿Y si va andando? Vale! Tampoco será para tanto. El pueblo donde vive no está demasiado lejos, unos diez kilómetros. Aarón respira hondo y se pone en marcha, cuando lleva media hora andando, mira el reloj y comienza a calcular que a esa hora estará llegando el autobús al pueblo. Piensa en su madre, que mirará la hora y se creerá que se ha quedado jugando con sus amigos en la plaza. Probablemente se pase por la plaza con la disculpa de comprar algo en la tienda, solo para echar un ojo y ver que ha llegado bien. Y ahí empezará su calvario, al no verlo por ninguna parte, preguntará a sus amigos y estos le contarán que no ha montado en el autobús. Aarón se empieza a agobiar, no quiere que su madre se pr...

Compañeros de clase

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  Vero hoy está contenta va a comer a un restaurante a las afueras de la ciudad. Pero para ella no es un lugar desconocido, muy cerca está su colegio, donde va en autobús desde su casa. En esa zona viven muchos compañeros suyos. Amigas y amigos que le gustaría encontrarse por la calle. Ella va caminando por la acera, pero se va fijando en la gente de los balcones y ventanas. Y de pronto ve a un niño que le parece conocido. Si, claro es él. Precisamente tenía que ver a Antonio. Esta semana ya ha discutido dos veces con él. Se acuerda perfectamente, el martes le pidió su goma de borrar y cuando se la devolvió, estaba llena de agujeros y pintada con rayas de bolígrafo por todos los lados. Cuando le recriminó la acción, él le sacó la lengua y le dijo que no se la hubiese dejado. Ella ya sabía que cuándo llegase a casa y su madre vea la goma, le va a caer una bronca. El viernes fue aún peor; estaban haciendo un examen cuando Antonio le pasó un papelito. Ella se puso muy nerviosa, ya que...

El viaje

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 Que nerviosa estoy, ya solo faltan dos días para marcharme. Viajo a Bolivia con una ONG. Estaré allí un año colaborando en lo que salga. Mi madre está muy disgustada, es normal me digo. Me alejaré un año. Bueno cuando vea que le llamo a menudo y que recibe cartas, se calmará y alegrará mucho por mí. Al fin y al cabo va a ser una experiencia única. Hoy he comido con ella y ya le he explicado por enésima vez, que no pierdo el trabajo, me he pedido una excedencia de un año y cuando vuelva, sin más volveré a trabajar. Que por la casa no se tiene que preocupar, el hijo de Amparo, que empieza el MIR aquí, la ocupará este año. Hemos llegado a un acuerdo y durante este año podrá ocuparla con algún amigo, pero al año que viene si está interesado será él solito quien se puede quedar a compartir conmigo la casa. Entre tanto la renta será la acordada y de paso yo estaré tranquila para pagar la hipoteca. Mi madre tan pesimista como siempre me ha recordado que no hay que fiarse de la gente, qui...

El caballero

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 Cuando miro por la ventana lo veo con su perro. Lleva un gorro de lana acabado en un pompón. Su abrigo oscuro le hace destacar en el paisaje nevado. Desde aquí parece un hombre normal, pero yo sé lo que es. Su andar seguro, y semblante serio desconcierta al que habla con él por primera vez. Le sigo con la mirada, se cruza con una mujer y se para a hablar con ella. ¿Quién será? ¿De qué hablarán? Se mete la mano al bolsillo y le da algo a esa mujer. Parece un papel doblado. Se despiden y se alejan uno del otro. Me centro en la mujer, no es joven pero tampoco demasiado mayor. Camina erguida, pero sin altanería, como si se supiera importante para alguien. Al llegar a la esquina, se para y desdobla la nota que el hombre le ha dado. Gira su cabeza hacia mi ventana; por un momento creo que nuestras miradas se encuentran, pero es imposible. Mete la nota en una bolsita para tirarla a la papelera que hay al lado, pero una ráfaga de viento se la arranca de las manos y vuela hasta el pie de u...

La Mano Negra

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Paso por delante de aquel tejado, que cubre ese viejo lavadero. Un lavadero, que ahora los jóvenes no saben, ni para qué servía. Es algo así como una piscina rodeada de un borde inclinado. En ese borde es donde mujeres fuertes y no tanto, dejaron sus manos lavando todo tipo de ropa. Si esta estancia hablase, la de cosas que habrán oído estos bordes desgastados. Pero me llama la atención una historia, que cuentan del propio lavadero. Una historia, que las madres bien intencionadas, contaban a los niños para que no se acercasen al borde y acabasen empapados. Los niños más valientes, desafiaban la leyenda y se acercaban, no sin miedo, tocaban el agua y salían corriendo sin mirar atrás. Los más osados se plantaban delante del agua y miraban fijamente la profundidad oscura, con la esperanza de poder negar esa maldición. Pero enseguida sus infantiles y fértiles mentes veían eso que les habían contado. En sus cabecitas al mirar esa agua oscura, conseguían ver lo que debajo de ella se movía. C...

Manos marcadas

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 Me da un vahído y al  apoyarme en la mesa para no caer, me fijo en mis manos. Unas manos llenas de arrugas, manchas y cicatrices. Se me ha pasado el mareo, pero yo sigo con la vista fija en las manos que tengo delante de los ojos. Son manos viejas, manos que ahora que me fijo, tienen marcas. Pongo mi atención en una pequeña cicatriz que tengo en la base del dedo índice. Y veo a una niña con una gran ilusión por sorprender a su madre. Ya tiene peladas las patatas que más tarde su madre freira en la sartén nueva. Ahora tiene que cortar unos trocitos de jamón . Coge el cuchillo grande y afilado que su padre guarda en el cajón y según lo pone en la pata de cerdo, se le resbala y un dolor y escozor en el dedo , la transporta de nuevo al presente. Parece que le duele como aquel, ya lejano día.  Justo debajo veo un mancha café con leche en forma de montaña enana. Aquella mañana Jaime mi hijo mayor estaba nervioso como nunca. No podía parar quieto . Yo estaba planchando su panta...