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Otro punto de vista

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 Es noviembre y mis huesos lo notan. Hoy toca mostrar a estas niñas como fue la invasión de la península por aquellos moros. Según intento mantener su atención oigo unos golpes en la puerta que hacen que vuelva la cabeza hacia la procedencia delos mismos. Con el movimiento mi toca se balancea cual melena. Veo entrar a la hermana Crispina con la cara descompuesta. Esta mujer me desorienta, tan pronto está contenta como una niña con zapatos nuevos, como se la ve triste y angustiada por cualquier nadería. Se acerca a mí y muy bajito me da la noticia, y sin esperar a mi reacción sale del aula. Mis piernas comienzan a temblar hasta el punto de tambalearme, mi mano se aferra a la silla que tengo cerca y me siento. Necesito centrarme, asimilar el impacto de la noticia. Poniendo los codos encima de la mesa y tapándome la cara para recuperar las fuerzas, voy pensando lo que esto va a implicar en mi vida, en la de la congregación y en la de las criaturas que ahora cuchichean sin saber lo que...

un antes y un después

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 Era un día normal, no recuerdo si llovía o no, lo que si recuerdo es que hacía mucho frío. Yo iba vestida con el uniforme del colegio. Una falda plisada que me llegaba por debajo de las rodillas y unos leotardos del mismo color. El jersey no era muy gordo, pero lo suficiente para no pasar frío dentro de clase. En noviembre el frío era algo muy normal en el norte del país. La religiosa que nos daba clase ese día, Sor Zelandia, era delgada y más alta que sus compañeras de hábito. Su piel era muy blanca y contrastaba con sus ropajes oscuros. Su voz era profunda, más grave de lo que cabría esperar de una mujer piadosa.  Intentaba hacernos saber cómo los "infieles" invadieron la península, cuando el sonido de unos nudillos llamando a la puerta, interrumpió su discurso. Volviendo su cara hacia la entrada gritó un "adelante" lleno de interrogantes. Una monja más joven que nuestra profesora se acercó a ella, y hablando entre susurros, muy cerca de su oído, le dijo algo que...

Aventura mañanera

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 Cuando llegué a mi trabajo, mis compañeras se alarmaron al verme la cara. Mi cara parecía el mapamundi con los continentes pintados de morado. Todas me miraron desconcertadas. Hubo una que se atrevió a preguntar. _ ¿Qué te ha pasado? _ Bueno, a ver cómo lo explico… la culpa la tiene la menopausia. _ ¿Es por las hormonas por lo que tienes la cara llena de hematomas? Me preguntó una de ellas con los ojos desorbitados. _ En parte sí. Me explico.  Yo siempre duermo en el lado izquierdo de la cama y mi pareja en el derecho. _ ¿Te pega tu pareja porque ya no tienes ganas? Me interrumpe otra compañera experta en comentarios inapropiados. _ ¡Calla mujer! Déjame que cuente todo. El caso es que... _ Pero lo que está claro es que te han agredido. Me cortó María. _ ¡Vamos a ver! ¿Vas a dejarme contar lo que me ha pasado? Como iba diciendo, duermo en el lado derecho de la cama. Cuando esta mañana Veremundo se ha ido a trabajar; me ha dado un sofoco. Sí, de esos que me tengo que destapar e...

La niña de las trenzas

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 Aún lo recuerdo como si hubiese pasado ayer mismo. La vi en el patio de la escuela, iba con una falda plisada que le llegaba por debajo de sus bonitas rodillas. Saltaba a la comba cantando una cancioncilla que hablaba de unas niñas bonitas. Sus calcetines blancos de perlé le llegaban justo unos centímetros por debajo de la falda, se le había bajado uno y le daba un aire de niña mala. Al acercarme me quedé embobado mirando, y al verme pararon de dar a la comba. La cuerda calló, como sin ganas, a sus pies. Me miró fijamente y me preguntó si quería algo. Yo a esas alturas ya me había puesto como un tomate. Negué con la cabeza, pero seguí mirando como hipnotizado.  Me acerqué con la decisión de un chiquillo obnubilado; clavé la rodilla en el cemento y mis manos temblorosas tomaron el borde del calcetín y con un leve tirón lo coloqué a la misma altura que su gemelo. Al ponerme de pie observé su cara de desconcierto. En ese momento un murmullo y unas risas a mi espalda me recordaro...

Los sonidos de la naturaleza

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 Al meter la mano en el bolso buscando mi teléfono, mi mano tropieza con una forma cuadrada y metálica que me retrotrae a un momento agobiante que viví no hace demasiado tiempo.  Era martes, ese día no trabajaba, salí de casa con la ropa de monte puesta y mi mochila con lo necesario para pasar el día. Elegí un bonito paraje no muy alejado. Al apearme del coche noté ese silencio agradable que solo el bosque puede dar. El sonido del viento a través de los árboles, los pájaros y algún animalito que no reconocí. Adentrándome por el sendero marcado, muy cercano a un pequeño río cuyo sonido se unió al coro antes mencionado. Eran casi las doce y a esa hora me gusta escuchar el informativo, para ello me puse los auriculares y con mi teléfono móvil sintonicé la emisora. Seguí caminando ahora escuchando una voz que soltaba sólo negras palabras.  Cuando finalizó el noticiero retiré de mis oídos el infernal dispositivo que me llenó de malas noticias.  La niebla, como si quisiera...

Miranda de Ebro

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 En el mes de agosto quedan pocas patatas, y las que nos quedan están casi todas “subidas” y arrugadas. Aún y todo en el campo de concentración de aquí al lado, nos compran todas, incluso las podridas. Ellos las seleccionan y las que están sanas las llevan a un almacén y las demás las meten en otro.  Hace unos días viví lo que nunca creí posible ver. Llevamos el carro lleno de sacos de patatas, nos ayudaron a descargarlas unos hombres famélicos. Me fije que algunos se metían en los bolsillos algunas de pequeño tamaño, incluso vi como uno se metía en la boca una, medio podrida; y al percatarse de que le había visto, me guiñó el ojo.  Terminada la tarea, recogimos los sacos vacíos que había por allí y las mantas que usamos para tapar la mercancía, dejándolo todo dentro de la carreta. Cuando teníamos todo recogido me di cuenta de que aún había un saco bajo el carro; me costó sacarlo ya que se había enganchado en la rueda. Al dejarlo junto a los demás me percaté de un leve mo...

El padre

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 Mi padre es un hombre de los de antes. De eso que dicen algo, y lo consideran palabra de Dios. De los proclama una opinión y piensa que es una orden de obligado cumplimiento. Esos que piensan que las mujeres son para estar en la cocina y en la cama, las que les tienen que tener la casa para su disfrute, la comida en la casa y el placer en la cama. Los hijos, por supuesto son cosas de la mujer. Él dará un grito cuando haga falta y se hará lo que él diga, y siempre con la misma frase en la boca, “cuando seas padre, comerás huevos”.  En casa nadie se atreve llevarle la contraria, ni a levantar la voz. Su presencia por sí sola impone.  A mí siempre me ha apuntado al fútbol, porque los chicos juegan como hombres. Mis hermanas en cambio, a  ballet, es lo más parecido a deporte que se les ha permitido hacer. A mí no me importa me gusta, y mucho, el fútbol. Mis hermanas, especialmente una de ellas, Hontanare, no están tan conformes. A ella le gusta el rugbi, nada más y nada...